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LA DIVERSIDAD EN LOS FEROZ

29/11/2019 | Por: Conrado Xalabarder

El próximo lunes serán anunciadas las finalistas a los Premios Goya y esta mañana se han dado a conocer las que optan a los Premios Feroz, de la Asociación de Informadores Cinematográficos de España, que se celebran por séptima vez. Estos no suelen ser del todo coincidentes con los de la Academia: por pura casualidad, en cada una de sus ediciones solo dos de las que han optado en música han dado luego el salto a los Goya, si bien cuatro de las seis ganadoras lo fueron también del Goya. Coincidencias aparte, este año acceden a nominación por vez primera seis filmes, y no cinco como siempre ha sucedido. Los elegidos han sido:

Es la sexta nominación de Alberto Iglesias, quien ganó el pasado año por Quien te cantará, y la tercera de Pascal Gaigne (ganó por Handia) Para los demás es la primera ocasión. Desconozco Ventajas de viajar en tren, pues no he tenido aún la ocasión de ver la película, pero habiendo visto el resto de filmes, es de obligada valoración en primer lugar la gran competencia y solvencia de los compositores finalistas. Incluido Alejandro Amenábar, que suele generar cierta polémica, pero que tiene ideas muy claras sobre lo que quiere de la música y cómo quiere la música, que luego es resuelta por un buen equipo de colaboradores. Pero los Feroz, como los Goya o los Oscar, no son los premios Grammy, o no deberían serlo, y por tanto lo que debería ser objeto de valoración no es otra cosa que la contribución de la música a la creación del filme, como parte integral del mismo. Y hay que decir que todas las músicas finalistas, con mayor o menor acierto -lo que ahora expondré brevemente- se han zambullido dentro de las películas para intentar hacer algo útil. Es algo que no siempre sucede, y no necesariamente por la poca cualificación del compositor: esta mañana mismo, por ejemplo, he visto la película francesa Proxima, de Alice Winocour, un filme bellísimo (pero bellísimo) con una música de Ryuichi Sakamoto que, en verdad, no pinta nada y cuya presencia responde más al querer tener su firma que su música. Pero de eso ya me extenderé cuando aborde esta banda sonora.

Creo que el premio debería estar entre Arturo Cardelús y Zeltia Montes. También es una opción fuerte Alberto Iglesias, cuya creación es música para el dolor y para el vacío, más de caos que de orden, más de culpa que de expiación, tal y como escribí sobre ella. Pero lo cierto es que, siendo impecable, hay más atrevimiento en las opciones de Cardelús (conservadora) y de Montes (innovadora) La banda sonora de Pascal Gaine me genera ciertos reparos, no por la música en si (Gaigne, sencillamente, no hace mala música nunca) sino por su peso específico en el filme, a mi juicio menor: este es un filme con escasa música original que se explica muy bien sin ella y que realmente no la necesita en tanto todo el peso dramático está solventemente expresado desde el guion literario y las estupendas interpretaciones, escribí. No es un demérito, pero le quita competitividad. Respecto a Alejandro Amenábar, debo decir que su música me genera rechazo por el sobreuso de un tema que por su excesiva reiteración y su poca concrección acaba siendo simplemente la misma música una y otra vez, a pesar de sus transformaciones dramatizadas que le permiten cambiar pero que no evoluciona ni a nada lleva que no sea a una música impostada, inocua y edulcorada.

¿Cardelús o Montes? Musicalmente hablando, hay mucha más sofisticación y elaboración en la música de Montes, cuya escritura musical es, sencillamente, maravillosa: una creación que genera una atmósfera y ambiente tóxico, denso, irrespirable y sobre todo pesimista, que más allá de expandir turbación busca provocar e incomodar a la audiencia. Pero la sencillez en la de Cardelús es justamente la que necesita la película, y esta se explica determinantemente a través de ella: Buñuel es explicado en sus complejidades y turbulencias también desde la música, que expone sus sombras (músicas confusas, inestables, quebradas y doloridas) pero sobre todo y ante todo su luz, que es la que expande hacia el lugar, hacia los otros personajes pero sobre todo hacia el espectador. En el caso de la película de Montes, a mi juicio, la inserción de canciones corta y castra el discurso musical y reduce la música a la eficiencia in situ, instantánea, pero narrativamente mucho menos relevante que la de Buñuel en el laberinto de las tortugas. Así pues todo dependerá del sentido que se le quiera dar al voto, si primando lo musical o primando lo cinematográfico. Yo sabría qué elegir, pero aunque informador cinematográfico, no pertenezco (aún) a la asociación!

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