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LA GRANDEZA DE LOS TEMAS

03/07/2020 | Por: Conrado Xalabarder

Pese a la enorme efectividad que aporta el tema musical, su uso es cada vez más denostado en favor de músicas que llenan mucho pero no explican nada. Es el signo de unos tiempos que seguramente se convertirán en viejos en cuanto sea nuevamente evidente que con tema musical y melodía, las cosas son más rápidas, más fáciles, más útiles. Es obvio, y no haría falta ni mencionarlo, que hay espléndidos ejemplos de bandas sonoras sin melodías ni temas reconocibles, que tanto han ayudado a contruir las películas. Es otra de las afortunadas opciones que se dan en la música en el cine, donde todo cabe y se acepta siempre que sea útil. La cuestión es cuando se renuncia a algo (o, por el contrario, se impone) solo por una cuestión de modas. En el libro de Stephan Eicke The Struggle Behind the Soundtrack, John Ottman comenta:

Hacer en el cine de hoy en día una banda sonora temática es todo un arte. Puede hacerse, pero cuando se expone su dificultad, especialmente a la nueva generación de compositores, lo echan por el váter. Creen que ser temático es vulgar y anticuado. Así pues, se echa todo por el retrete para hacer algo completamente diferente, radicalmente anti-temático, que no tenga ningún sentido narrativo. Hoy, si se quiere destacar, nada mejor que escribir una banda sonora temática.

De la utilidad que tienen los temas musicales hay mucho escrito y explicado, y cuando (y sobre todo si) una película funciona mejor con ellos no debería haber razón para prescindir de sus beneficios salvo, claro, que se busque ser diferente y original, lo que usualmente deriva en películas perjudicadas. Es incluso más acuciante con las bandas sonoras monotemáticas, que nunca han sido frecuentes pero ahora ya son casi inexistentes, obviando lo mucho que puede lograrse concentrando en un solo tema y sus repeticiones, variaciones o transformaciones la esencia del relato, conformando un camino único por el que transitan película y espectadores: en el pasado lo hemos agradecido en títulos como The Third Man (49) Summer of ‘42 (71) Amarcord (73) o The Accidental Tourist (88), filmes que lo explicaban y desarrollaban todo con un solo tema, pero en el cine contemporáneo el uso de un solo tema -o de un tema muy reiterado frente a otros que no lo son- parece algo impensable, y en realidad solo es por razones estéticas.

Estas últimas semanas han sido muy afortunadas para mí: me he puesto a hacer bicicleta estática y durante el ejercicio he visto, alternados, capítulos de la serie televisiva Poirot (89) y de la serie documental, también televisiva, Serengeti (19) En ambos casos he celebrado entusiastamente el uso constante de sus respectivos temas principales: por una parte la encantadora melodía para Hércules Poirot, de Christopher Gunning, magníficamente empleada pues solo se aplica para hacer referencia al detective, incluso cuando no está presente, y por otra el temazo de Will Gregory en la espectacular serie documental (con escenas apabullantes) que es usado con variaciones, líricas, dramáticas, enfáticas, íntimas, que implica y une a todos los animales y también cautiva al espectador: la edición discográfica, eso sí, es una vergüenza.

La música no melódica es maravillosa cuando su contribución al cine es maravillosa, y sobre ello insistiré las veces que sea necesario. Pero el tema musical es un vehículo formidable de comunicación con los espectadores que si alguien detesta emplear es básicamente porque detesta comunicarse con sus propios espectadores. No podrá desterrarse nunca.

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