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MÚSICAS TÓXICAS

07/06/2019 | Por: Conrado Xalabarder

El gran éxito de la miniserie de HBO Chernobyl se debe a una buena campaña de promoción algo hiperbólica, indudablemente, pero también a su interés argumental, a su notable realización e interpretación, su escenografía, efectos especiales y también a la controvertida aportación de la compositora islandesa Hildur Guonadóttir, cuya banda sonora ha sido comentada por nuestro colaborador Ignacio Marqués Cuadra, en lo que es un razonamiento y exposición -no radiactiva, sino de conocimiento- que creo merece ser tenida en cuenta para comprender que, en realidad, no hay tanta controversia en un trabajo que no ha sido hecho pensado para ser escuchado en un equipo de música sino ante la pantalla de televisión.

Razona Ignacio que:

La compositora crea una música tóxica, contaminada, de carácter industrial, completamente justificada en su forma por ser conceptualmente coherente con la naturaleza del desastre y, además, muy útil para hacer visible un fenómeno mortífero que aparentemente es imperceptible.

El hacer visible un fenómeno imperceptible o invisible, como es el caso, forma parte de una de las más grandes cotas que puede alcanzar la música en el medio audiovisual. El gas no se ve ni se toca, se respira. La radiación, como el gas, tampoco se ve ni se toca, te impregna. Y si eso no puede mostrarse con la cámara, ¡qué mejor manera que hacerlo con la música! Pero, claro, ¿qué musica? Hasta no hace mucho, películas como Dunkirk (17) o como esta misiserie se presentaban con músicas bien formadas y construidas, tipo William Walton o Jerry Goldsmith, y eso era algo absolutamente maravilloso, por supuesto. Pero los tiempos han cambiado -seguramente la industria de la tele y del videojuego han contribuido a ello- y se busca más una experiencia inmersiva del espectador que no hacer uso de la música con propósitos declarativos o narrativos, si bien sí dramáticos. Es posible que estemos en un punto en que si se muestra una playa devastada por bombardeos y muerte, o una ciudad arrasada por la radiación el público no le encuentre sentido a que en la playa o en la ciudad muerta campe a sus anchas una música perfectamente construida, y perfectamente viva. ¿Le sacaría al espectador de la película?

Es cierto que estas músicas (o efectos sonoros fusionados con músicas) no expliquen nada que no esté ya evidenciado en el resto del filme o de la serie, pero desde luego hay una clara pretensión de involucrar al espectador con ellas, y en Chernobyl en particular son varias las secuencias donde solo se expone la música, quedando los diálogos, el sonido natural y el artificial silenciados. Es la constatación de que se pretende contaminar al espectador, y se logra.

No es nada nuevo, recientemente lo comprobamos en The VVitch: A New-England Folktale (15), película en la que la música de Mark Korven cumplimentó con excelencia el objetivo de ir calando poco a poco en el espectador para generar turbación y desasosiego, generando una atmósfera de locura y desesperación, o en tantas otras películas que sacrifican la música accesible, estructurada en base a temas que el espectador pueda racionalizar, en beneficio de una sucesión de músicas (con o sin efectos sonoros) que generan ambientes y atmósferas enrarecidas, venenosas, tóxicas, nieblas musicales que se interponen entre pantalla y espectador para perturbar su visión, cuando no alterarla, a través de lo sonoro. Es una metodología bastante común por lo que tiene de eficiente, ya desde los tiempos de John Carpenter y desde bastante antes. La encontramos en ejemplos recientes como en The Conjuring (13) o The Revenant (15) donde los gases tóxicos vertidos desde las partituras hacen irrespirable los filmes.

Estas son bandas sonoras que fuera de sus contextos y puestas en CD resultan in-so-por-ta-bles, a diferencia de las que son temáticas cuya escucha puede ser una delicia. Es una diferencia menor pero que a veces produce injusticia mayor: que se considere mala banda sonora por el hecho de no ser grata al oído en su escucha aislada. Y de ello he hablado muchas veces: lo relevante es que funcione en el filme. Por otra parte, una banda sonora con estructura clásica de temas puede funcionar bien aunque la película sea mala, mientras que la banda sonora tóxica solo funciona cuando la película es buena y muy buena, pero resulta un desastre si el filme es malo o muy malo.

Sucede en Chernobyl que los gases tóxicos que se desprenden desde la música afectan y mucho al espectador, lo contaminan, lo acosan y lo asfixian. Nadie recordará la música, probablemente casi nadie se habrá dado cuenta de su presencia. Pero con seguridad los espectadores habrán sentido lo que es la radiación. No hay que preocuparse: no ha de ser sistemático que este tipo de músicas y efectos sonoros se impongan sobre las músicas clásicas, porque no sucederá. Pero si sucede ocasionalmente y con acierto, el efecto es buenísimo.

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