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POR UN GOYA QUE NO SEA SORDO

30/11/2018 | Por: Conrado Xalabarder

Esta semana se ha dado a conocer la lista con las pre-candidaturas a los Premios Goya en un año en que las mejores bandas sonoras las han firmado los menos conocidos. Si la Academia apuesta por ellos, entonces los Goya serán mucho más que una estatuilla. La lista de posibles finalistas la conforman 81 películas, con bandas sonoras de compositores conocidos y muchas más de desconocidos. Desearía que los votantes reprimieran el instinto casi impulsivo de marcar la casilla del compositor renombrado y prestaran su atención al que falta por nombrar: el año pasado, por ejemplo, fue inexplicable -y creo que nadie puede defenderlo- que el gran Alberto Iglesias estuviera nominado por su irrelevante La cordillera y en cambio la banda sonora de El jugador de ajedrez (Premio MundoBSO a la mejor banda sonora española del año, votada por los aficionados), ni hubiera sido considerada.

Desde todos mis respetos, que son tantos como honestas mis consideraciones, no creo que los peces gordos de la música de cine español (hablo de Baños, Velázquez, Gaigne e incluso el propio Iglesias) deban figurar en el cuarteto final de candidatos, pero no por desdén hacia sus creaciones sino porque otras bandas sonoras de este año han superado listones creativos y de riesgo mientras que los veteranos se han movido por terrenos más convencionales y ortodoxos.

La Academia debería considerar la aportación de Olivier Arson en la estupenda El reino, pues es mucho más que música electrónica. No solo porque es determinante y fundamental para construir y hacer el filme -como cualquier compositor que haga un buen trabajo- sino porque su música es una operación de alto riesgo saldada con un notable éxito. Esta es una película fuerte de cara a las nominaciones, lo que quizás le ayude a ser merecidamente finalista a pesar de que su compositor no sea un nombre famoso. También tiene cierta fuerza el documental Sad Hill Unearthed, una espléndida obra en la que la música de Zeltia Montes no está dispuesta pensando tanto para emocionar como para respetar, explicar e implicar, lo que también tiene su riesgo. Como aventurado es apostar por el barroco puro y duro que Gerard Pastor ha escrito para una delicatessen cinematográfica titulada Jean-François i el sentit de la vida, a mi juicio y de momento la mejor banda sonora española (y no sé si solo española) de 2018. No es porque el barroco sea impecable, que también, sino porque lo que hace por el resto del filme es algo que yo no he visto hacer en años y que tiene mucho que ver con elevar a la categoría de arte la contribución de un compositor en una película. Y el arte entendido como una aspiración máxima se ve y se aprecia enormemente en la valiente y nada ortodoxa banda sonora de Iván Palomares para En las estrellas, que, jugando tan a la contra de lo usual y sabiendo esperar para beneficiar el resto del filme, muestra que hay directores que saben muy bien lo que hacer con la música. Estas son cuatro bandas sonoras en realidad escritas a cuatro manos: las de sus compositores y las de sus directores, unidos en un propósito que afortunadamente va mucho más allá de gustar. Premiar sus músicas es reconocer el valor de las películas que se han construido y levantado con ellas.

Según las bases de los premios Goya en la categoría musical dos serán elegidas por el conjunto de todos los académicos y las otras dos por los propios compositores. La lista de opciones alternativas a la de los nombres más conocidos es más amplia que los cuatro que yo he destacado en criterio subjetivo. Quiero señalar las aportaciones de, entre otros, Paloma Peñarrubia (Bajo la piel del lobo) Diego Montesinos (Bikes The Movie) Diego Navarro (El fotógrafo de Mauthausen) Pablo Cervantes (Jaulas) Nico Casal (La enfermedad del domingo) Manuel Riveiro y Xavier Font (La sombra de la ley, nominación al Goya obligada en la categoría de mejor canción) o Sergio de la Puente (Sin fin)

Son más y hay más de los que he citado. Y en todos hay sobrado talento como para que los académicos apuesten por una generación emergente que ni debe ni merece ser desconsiderada y ninguneada en los premios más importantes del cine español. Los Goya no deberían ser sordos en esto.

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