La música, en el cine, es no pocas veces tramposa y suciamente manipuladora, pero en otras ocasiones es una aportación veraz, honesta y orgánica con respecto al resto de la película. Esta emotiva creación de Lucas Vidal muestra y demuestra lo mucho que puede sumar y profundiza la aportación musical en una historia y sus personajes. Se trata de una partitura mínima en recursos pero de máximos alcances, no solo en lo relacionado a las expresiones emotivas de los protagonistas sino sobre todo y ante todo en su calado de profundidad, su capacidad de evidenciar lo no explicado y manifestar aquello que con ella ya no es necesario explicar. Es extraordinariamente sencilla, pura y limpia, y de su austeridad hace su máxima virtud y sus distintos colores dramáticos son fácilmente visibles. El piano como instrumento de la luz y el cello como referente de lo turbador dialogan e interactúan, alrededor del eje de un bellísimo tema principal, y se desarrollan fluida y naturalmente a lo largo del relato cohesionándolo, fortaleciendo un arco dramático sólido y coherente, donde las músicas son consecuencia de las anteriores y preludio de las posteriores. Es lo más brillante de la película.
