En las múltiples tramas de este filme con escenas sobredialogadas y cierta teatralidad la música de Alberto Iglesias acaba siendo más un elemento de distracción y desconexión que de cohesión y concentración. Su aportación más interesante es el valse triste —una de las sinergias del filme con Hable con ella (2002)—, pero en la película el protagonismo total en lo musical son las canciones de Chavela Vargas (una de ellas cantada por Amaia), que sirven para mostrar el efecto que produce la música en los protagonistas y en consecuencia también en la audiencia. La música de Iglesias, no escuchada obviamente por los personajes y dirigida a la audiencia para mostrar el efecto que producen las vivencias en los protagonistas, acaba relegada por distintas razones a un papel casi de comparsa, en no pocas ocasiones agotadoramente insistente en aquello que es obvio. Abusa de subrayados innecesarios que son también impostados, especialmente cuando pretende dar profundidad: el arpa como instrumento para aportar calado (no a las profundidades marinas —como suele ser usual— sino emocionales) resulta redundante, impositiva, poco sutil.
La música genera una impresión de impostura, de artificio teatral, es poco o nada orgánica con respecto a los personajes y en algunos momentos roza o incluso traspasa lo folletinesco. Ni siquiera el tema principal logra algo mínimamente interesante: no suma nada relevante tras su primera aparición. Como resultado, la música es artificial y artificiosa, no pocas veces engañosa en su aparente pureza, es vacía e incapaz de generar conexión genuina y natural con los personajes. Es un caos musical que no se corresponde con el del proceso creativo que se explica en el filme, está sobrecargada de melancolía desdibujada y es irritantemente autocondescendiente. Su pretendida profundidad emocional es solo un escaparate de puro teatro y artificio incapaz de participar en el juego de matrioskas que es la propia película.
Editorial: El arpa de Alberto Iglesias
