El compositor firma una hermosa, emotiva y respetuosa creación que ayuda a relatar la trágica historia a la audiencia y a tributar a sus protagonistas: los fallecidos pero también a los vivos. Como la película, recorre cuatro etapas: la presentación de los personajes, la catástrofe, los desesperados intentos de supervivencia y rescate, y finalmente la coda, el epílogo. Todo ello está sólidamente estructurado con un poderoso —y bellísimo— tema principal que se presenta en la primera etapa de modo aparentemente edulcorado, casi incluso cursi, pero que en un giro inteligente mostrará otra faceta, mucho más oscura y dramática en la tercera etapa, la devastación de la muerte y la angustia y desesperación de sus familiares. Era una música de vida y de amor que pasa a ser de muerte, pero igualmente de amor.
Unas notas musicales persistentes y obsesivas que suenan siempre discretas funcionan como contrapunto y como presencia negativa, hostigante, martilleante, que manifiestan por su carácter reiterativo y circular que no hay escape ni salvación. Son una de las voces con las que aparentemente se manifiesta la montaña —que cuenta asimismo con un tema lúgubre y ominoso— pero también la de un destino del que parece no poder escapar.
En la segunda etapa, la catástrofe, imperan los magníficos efectos sonoros, una aportación no solo realista sino muy dramática e inmersiva. Aún así hay algunos espacios donde la música ocupa el lugar que no le corresponde no para explicar algo de los personajes —que están completamente abandonados a su suerte— sino para involucrar emocionalmente a la audiencia. En la tercera etapa, la más larga del filme, coexisten las anteriores músicas junto a otra destacada que enfatiza una idea de frustración y de fracaso, asociada a los rescatadores y a los familiares. Finalmente, en la coda, el tema principal sale literalmente de la película y se convierte en el tributo lleno de respeto que pone palabras del director con la voz del compositor.
