Tras la muerte de Morricone, y como era previsible, Giuseppe Tornatore colabora con Nicola Piovani pero no con la pretensión de mantener vivo el espíritu del legendario compositor romano, creando una banda sonora con su aroma, sino para permitirle ser sí mismo. Y este es un Piovani puro, una obra musical sensible y evocadora que oscila entre melodías introspectivas y temas que evocan paisajes, recuerdos y momentos cotidianos de la vida de Cucinelli, generando una atmósfera poética y contemplativa de modo discreto pero significativo.
