El compositor firma una hermosa y sentida creación sentimental que en algunos aspectos parece una fusión entre el Dave Grusin de On Golden Pond (81) y el Gustavo Santaolalla de Brokeback Mountain (05), pero solo son similitudes estéticas, no melódicas ni dramáticas. El piano, la guitarra y el violín son los principales instrumentos con los que crea esta banda sonora: son instrumentos que interactúan y dialogan entre sí, creando un aura alrededor del protagonista que marca su pesar por el vacío dejado al enviudar a la vez que le impulsa a seguir adelante en ese camino de la suerte (del amor) que titula la película. Hay unas bases electrónicas que aportan un cierta turbación, que enfatizan las complicaciones e inseguridades en ese camino. La música es del protagonista, externa a él, pero de su energía emocional, y pronto la compartirá con la mujer y su familia, ampliando su significado.
Las pretensiones de la música son claras desde el primer momento y, aunque es sentimental, no es edulcorada ni tampoco tramposa. Ciertamente en parte del metraje la música deja de recorrer el camino que sí avanza el personaje y queda estancada, siendo reiterada y reiterativa, sin aparentemente poder aportar más ni crecer. Sin embago, en la parte final eclosiona y alcanza su cénit, su final de camino que es hermoso y redentorio y da forma, por fin, al tema principal que durante toda la película estaba buscando construirse.
