Este documental hace un recorrido por diveros lugares de la Tierra, con espacios naturales y poblacionales. Pero en lugar de que la música sea orgánica y se imante de cada uno de esos sitios y gentes, facilitando la experiencia inmersiva de la audiencia y enfatizando sus grandezas y diferencias, la aportación de los compositores es mero artificio, sin interés alguno en el suelo que pisa y con el único propósito de convertir este documental en un espectáculo más propio de parque de atracciones que de producción de la prestigiosa National Geographic. Hay mucha música, bastante de ella zimmeriana, que podría servir para cualquier otro filme documental de paisajes o gentes. Su gran producción musical no puede disimular su absoluto vacío y falta completa de interés.
