Hans Zimmer se instala en la isla deshabitada junto al grupo de europeos utópicos pero no para funcionar como un personaje más, que no lo es, sino para contaminar e impregnar a los habitantes de una toxicidad que sutilmente va en aumento fusionándose con un dramatismo de tono desolador y tensionado. Hecha con orquesta y elementos electrónicos, percusiones tribales y el virtuoso cello de Tina Guo busca abarcar tanto las motivaciones de los personajes como evidenciar su creciente animalidad y sinrazón, pero elementos propios del resto del filme -asuntos de guion y de interpretación- convierten la música del compositor en un intento si no fallido sí forzado y en momentos algo impostado, para intentar hacer creer y dar verosimilitud a lo que acaba por ser más caricaturesco que verídico.
