Este es un filme que se sostiene firmemente gracias al sólido trabajo de Daniel Blumberg en la música original y también en la adaptación y producción de las canciones espirituales preexistentes (del Siglo XIX), transformadas en piezas contemporáneas vibrantes, cantadas coralmente, con la incorporación de la percusión corporal y de texturas instrumentales radicales y experimentales. Con ello logra dotar de coherencia estilística a toda la película, crear un arco dramático que evoluciona de principio a fin, dar cohesión a los dos tipos de música y sobre todo impulsar el tono radical, vehemente y apasionado que está en plena consonancia con la radicalidad, vehemencia y pasión de los personajes.
Se optó por grabaciones en vivo durante el rodaje, lo que aporta autenticidad y proximidad, haciendo mucho más cercana la fe y la devoción como experiencias sensoriales e inmersivas, de un modo casi hipnótico. No es un musical hecho para gustar y complacer sino para abrumar, ya que la saturación de elementos y la falta de contrastes melódicos generan una experiencia exigente, no apta para todo el público. Pero esta es una obra ambiciosa, honesta, refinada y con momentos de cuidada delicadeza y belleza. Y de gran inteligencia. La canción Beautiful Treasure es el gran tema principal: representa la ilusión, la motivación y sufre una casi total destrucción. Que esta banda sonora haya sido obviada en los Oscar es una injusticia flagrante.
