Hay bandas sonoras de secuelas o remakes que, por el peso de sus precedentes, están condenadas de antemano, como sucedió con las nuevas versiones de The Omen (06) o de Carrie (13), ambas de un Marco Beltrami aplastado por el tonelaje de Goldsmith y Donaggio y sus creaciones legendarias que, inevitablemente, reaparecen en la memoria cuando se regresa a esos mundos. Sucede exactamente lo mismo con esta continuación de un filme insuperable que lo es por muchas razones que no están solo vinculadas al género del terror. The Exorcist (73) es una obra maestra categórica por su ambiente, lo dramático, sus personajes y naturalmente por el terror, pero también por una música que se ha sido vinculada por generaciones de espectadores vincularon a su ambiente, lo dramático, sus personajes y naturalmente al terror.
Esta secuela intenta desesperada y también patéticamente autoinsuflarse de entidad recuperando el Tubular Bells no solo para contectar con la película precedente sino para, de alguna manera, implorar a la audiencia ser tomada en serio y como película de terror seria. No lo es, y la música no ayuda nada a que lo sea. Las citas a las campanas de Mike Oldfield generan tristeza por contemplar cómo en muchos aspectos el cine ha cambiado a peor: la película de William Friedkin respetaba a la audiencia, la dejaba ser partícipe, generaba una experiencia inmersiva, mientras que esta no es más que uno de tantos productos de consumo donde todo está puesto y dispuesto para que la audiencia no haga nada, simplemente reciba lo que se le da. La música es, también, un producto. Es el mismo producto que se ha escuchado en incontables películas, simplemente intentando darle distinción al usar una música que, por conocida, haga parecer presentable lo que es, también musicalmente, muy lamentable.
