En este breve filme de apenas 30 minutos Alberto Iglesias encuentra tiempo y espacios para añadir distintos matices que ayudan a dar color y calado al contexto narrativo y a los personajes. No hay pretensiones explicativas en la música pero sí dramatúrgicas, siendo denominador común lo turbulento y lo melancólico, que van de la mano, con un aire hermosamente añejo que de alguna manera evoca en su sencillo y transparente tema principal westerns como Johnny Guitar (54) o similares de Victor Young y otros. Este tema principal está construido con hermosísimas voces que remarcan un aire legendario que parece provenir del pasado de los personajes y que se proyecta, al final, hacia el futuro, y funciona por contraste con otros temas tensionados que ejercen una refinada y hostil presión mucho más elaborada y sofisticada que la música positiva. El compositor exhibe así la doble faceta de los protagonistas tanto en su pulsión interna como en el aura -a veces tóxica- que desprenden al estar juntos y constribuye de modo decisivo a darles una mayor dimensión y también comprensión.
