El compositor es del todo respetuoso con las bandas sonoras de Tyler Bates en las dos anteriores entregas, manteniendo y desarrollando sus temas, pero se destaca por sus aportaciones personales, que lo son tanto para lo espectacular como para lo emocional, alcanzando cotas muy elevadas en ambas. Tratándose de un capítulo final, se cierran los arcos dramáticos de las músicas anteriores y se enfatiza aún más -con una trascendencia casi mística- el conflicto del bien contra el mal (representado por el Alto Evolucionador) en lo que es una auténtica montaña rusa de impresiones y de emociones, de severidad y de ternura. Todo ello con una cuidada solvencia musical y coral y un desarrollo y evolución que en su conjunto va a más y a mejor.

