La banda sonora de este filme se caracteriza por un eclecticismo moderno e introspectivo que va más allá de la música tradicional de drama político. En lugar de una partitura orquestal integra una mezcla de estilos —desde rap y electrónica hasta piezas clásicas o ambientales— que funcionan casi como contrapuntos narrativos, reflejando el mundo interior y las contradicciones del protagonista mientras enfrenta dilemas personales y morales. Esta selección musical, que incluye temas de artistas como Guè Pequeno, alva noto y Ryuichi Sakamoto o piezas íntimas de Jóhann Jóhannsson con Echo Collective, genera una atmósfera que alterna entre el ritmo contemporáneo y la emotividad serena. Gracias a este diálogo entre lo clásico y lo moderno, la banda sonora refuerza las tensiones existenciales y las disonancias del relato, subrayando momentos clave con contrastes sonoros sutiles en lugar de melodías convencionales.
