En su debut en el cine, el cantante y compositor aporta una dimensión terrenal y melancólica que encaja con la lectura crepuscular del mito que propone la película. Construye un tejido sonoro basado en el folk evocando la dureza del bosque y la fragilidad del cuerpo envejecido del héroe. La música rehúye el tono épico y se inclina hacia una intimidad casi pastoral, melancólica y crepuscular, subrayando el desgaste físico y emocional del protagonista. Los motivos repetitivos y la textura áspera de los instrumentos refuerzan la sensación de ocaso que domina el filme. La partitura funciona como un eco emocional del paisaje: húmeda, sombría, que mantiene una presencia destacada que sostiene el tono elegíaco de la historia.
