La compositora aplica, a la llegada de los cuatro intrusos a la cabina, una música de tensión y opresión creciente, que se posiciona en casi todo momento en un segundo plano de percepción para permitir que sean los personajes los que lleven las riendas dramáticas. El encierro entre cuatro paredes y el progresivo desconcierto se enfatiza con músicas inconcretas, tóxicas, que atacan más a lo psicológico que a lo emocional o la acción. La resolución final permite la aparición de otra música, liberada, bella y triste a la vez, que contiene, aquí sí, el mayor peso dramatúrgico y narrativo, y que no se cierra sino que queda en puntos suspensivos.
