Esta banda sonora se articula como un paisaje sonoro áspero y emocional que acompaña la crudeza del relato con instrumentos de cuerda tratados con fricción, presión y disonancia. En su aridez muestra su mayor carga de dolor, convirtiendo la música en una extensión emocional del conflicto. A esta dureza se oponen, de forma ocasional, intervenciones de piano que funcionan como breves aperturas de luz, momentos de humanidad, y también aparecen voces etéreas, casi espirituales, que actúan como contrapunto liberador frente a la densidad de las cuerdas.
