En esta irregular serie, que comienza con un piloto notable y estimulante, pasa por algunos capítulos que ponen a prueba la paciencia del espectador y acaba regalando un séptimo episodio absolutamente memorable, la música también se muestra desigual y fallida por momentos. Quizá el gran problema sea el omnipresente tema principal, una melodía sencilla y retentiva que se propone abarcar todas las relaciones humanas y sentimentales de los personajes, y sirve para todo: para el lugar donde transcurre la historia, para los flashbacks de diferentes personajes, para el presidente Bradford y su padre, para el agente Collins y su familia, para relaciones amorosas... y así un sinfín de tramas y personajes englobados en un mismo tema que quiere representar ese vínculo emocional humano. Se entiende el objetivo, pero acaba saturando y cansando, además de sonar desubicado en varias ocasiones, quizás excesivamente melodramático y edulcorado, fuera del tono que requiere la historia (de la que no contaré nada para evitar spoilers, pues la serie tiene un giro de guion en el primer episodio que conviene no conocer para un mayor disfrute).
Por otro lado, la banda sonora tiene una importante presencia de música electrónica y sintetizadores para toda la parte de suspense y thriller político. Es una música rítmica y vibrante que, aunque no muy elaborada, es cumplidora en el objetivo de aportar tensión y misterio, sobre todo en el citado séptimo episodio, donde la música sólo tiene que apoyar en segundo plano los angustiantes y brutales sucesos, magistralmente explicados con los diálogos y una puesta en escena feroz y sin artificios que no necesita de un apunte narrativo de la música. También en este apartado del thriller, se adivina en varias ocasiones un tema, aparentemente vinculado a la investigación policial o a los secretos que guardan algunos personajes, pero no tiene un significado claro y acaba desperdiciado entre el resto de la banda sonora.
Además de la música original de Khosla, suenan también adaptaciones de canciones pop comerciales que, con la excusa de que al personaje del presidente Bradford le gusta la música de los años 80, son versionadas de forma caprichosa, Another Day in Paradise, de Phil Collins y Eye of the tiger, de Survivor, esta última rozando el bochorno y resultando absolutamente innecesaria y falta de interés.
