En la película coexisten canciones de los años setenta, que funcionan adecuadamente no solo en lo ambiental sino, sobre todo, en lo inmersivo, con una partitura de Elfman que, pese a sus intentos, no termina de encontrar su lugar ni en el plano atmosférico ni en el dramático, y en consecuencia tampoco en el inmersivo. El compositor busca construir una sensación de delirio e irrealidad mediante experimentaciones instrumentales que, en algunos momentos, pueden recordar a la música de Planet of the Apes (68), y las contrapone con pasajes más emocionales, sentimentales y de tono algo errático, en los que destacan las arpas. Sin embargo, en su conjunto se trata de una aportación dispersa que no llega a articular un arco dramático coherente que acompañe el desarrollo de la historia ni, sobre todo, que permita comprender la perspectiva del personaje protagonista, su principal objetivo. Su falta de ritmo y su carácter excesivamente frío y apático terminan por impedir que defina con claridad el tono global de la película.
