En su séptima colaboración con Sam Raimi Danny Elfman participa en la comedia y locura salvaje del filme, con una banda sonora que gira completamente alrededor de la mujer protagonista, a quien asigna un tema musical con voz femenina que arranca dulce y suave pero que va derivando hacia grados de perturbación, oscuridad y acaba por ser siniestro y demencial. La voz —que viene a ser ella— es la misma, pero cambia en su forma. En el resto predominan las músicas ambientales, de acción y de impactos, mucho más convencionales, y si bien durante la primera mitad del filme todo está calibrado y equilibrado, a lo largo del segundo tramo la música cae en lo reiterativo, perdiendo fuelle también en el tema principal a pesar de su evolución. El problema es que ese tema, siendo bueno, no tiene tanta entidad como para mantener una película que va a mucho más que la música, a la que falta más complejidad y personalidad. Era un material idóneo para Christopher Young, el compositor del Infierno, que podía haber añadido unas estupendas dosis de locura y desenfreno de las que carece la música de Elfman, que acaba por ser meramente correcta. Pese a sus virtudes no está a la altura del salvajismo de Sam Raimi.
