Aunque una vez más es aplicable lo de Cuando se cita a (en este caso) Williams, es fácil olvidar la música de quien lo está citando es importante tener en consideración qué es -y qué no- la película de James Gunn con respecto a las ya existentes, una opción que puede ser más o menos discutible pero que es la que es: aquí Superman no es un ser atormentado y oscuro sino una parodia de sí mismo, humano, desastroso y cómico, lleno de aura pop frente a un tecno Lex Luthor, el más inquietante de los conocidos hasta ahora y que se apropia y roba tanto el espectáculo que parece como si toda la música, incluida la de Superman, pasara por el filtro de su pérfida mirada y envenenada personalidad obsesiva: música tecnoindustrial, pérfida y tóxica, destruida. Del propio Luthor surge ese tipo de música que inunda la película y contamina las otras músicas aunque, pese a todo, la luz acaba por imponerse a las tinieblas.
Las mejores ideas e intenciones deben, sin embargo, ser plasmadas con los mejores resultados posibles. No necesariamente con la mejor música: la mala música es buena música de cine si es útil a la película y mucho más si lo que se pretende es generar un entorno corrupto y corrompido, decadente, destruido... el problema de esta banda sonora es que la música es adecuadamente mala cuando necesita ser mala, pero es que no es buena ni relevante ni interesante cuando debe serlo, y entonces aparenta que la mediocridad intencionada lo era no intencionadamente. Exceptuando momentos concretos con cierta entidad, el conjunto es una creación pobre en su temario, en su desarrollo y sobre todo en lo musical. Ser una banda sonora de blockbuster e industrial no justifica tan poca calidad: Zimmer desplegó una gran producción musical con mucho respeto y solidez en los temas.
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