Las comparaciones, aunque odiosas, son inevitables, y más cuando existe unas referencias previas tan sólidas como las del Terminator (84) y especialmente su secuela. De lo que hiciera en su momento Brad Fiedel, Danny Elfman mantiene -aunque con menor pulso- la presencia de lo metálico y el tono apocalíptico, así como un motivo extraído del tema principal de Fiedel, que Elfman hace derivar por vertientes más dramáticas.
La comparación no beneficia a Elfman, pero de todos modos lo que despliega es una muy estimable creación enfática, de acción, muy intensa en lo orquestal y controladamente violenta. Fomenta lo anárquico y lo imprevisible, con gran rigor. No tiene la gran personalidad de las obras de referencia, pero está a la altura de lo esperado.

