El compositor aplica una creación dramática y etérea que impregna el filme de una atmósfera inquietante y melancólica, que encaja con la identidad fragmentada del protagonista. A partir de cuerdas frágiles, pianos mínimos y voces, erige un universo musical que oscila entre lo real y lo onírico, evocando una sensación constante de desorientación emocional. Mezcla ecos de jazz tenue con texturas acústicas y elementos casi fantasmales, creando un paisaje sonoro que parece surgir del subconsciente del personaje.
