Para este thriller político contado en tres capítulos, la música tiene el cometido de unificar la estructura fragmentada del relato y a todos los personajes implicados, aportando tensión y una sensación de falta de esperanza y callejón sin salida. Es una música simple, que funciona bien en el primer acto, pero que a medida que avanza la historia y la trama vuelve atrás en el tiempo, se estanca y ya no aporta nada, es relleno musical repetitivo, vacío y apático. Por si no fuera poco, es una música prácticamente idéntica a la de Conclave (24), combinando y repitiendo machaconamente dos motivos (uno de dos notas y otro de cuatro), que en la película papal funcionaban bien porque tenían significado y sentido narrativo enfrentando el tema de la Iglesia con el tema del cardenal Lawrence, pero aquí es música irrelevante y de reiteración irritante. En el capítulo final, cuando el protagonismo recae en el Presidente de EEUU, la música intenta tímidamente posicionarse en un plano superior, principalmente en la última escena, donde se presenta una versión más reflexiva y dramática del motivo de cuatro notas, pero no consigue elevar el discurso de la película, en parte por la poca prestancia de la partitura a nivel musical. En este sentido, y pensando en Bigelow, es difícil no acordarse de la notable y vibrante música de Alexandre Desplat para Zero dark Thirty (12).




