En esta breve película —apenas setenta minutos más créditos finales— la música de Navarro hilvana una compleja red de emociones que abarca lo lírico, lo dramático, la esperanza, la desesperanza, lo épico y lo íntimo, sostenida por un espléndido tema principal, auténtico eje vertebrador que unifica la diversidad temática y los acontecimientos del relato, incluidas las desdichas de los personajes secundarios, reflejadas a veces con un énfasis musical quizá innecesario.
La partitura tiene tres bloques sublimes: el primero, que ocupa los veinte minutos iniciales, establece las bases del relato con un dramatismo intenso y un lirismo de gran sensibilidad; el segundo comprende el viaje en tren, la llegada al Winnipeg y el zarpamiento del barco, un tramo que exalta la libertad aún no alcanzada y donde los coros aportan un lirismo y un optimismo abrumadores. Tal como expresa Pablo Neruda, “este momento no podrá borrarlo nadie”, y Navarro lo convierte en un instante verdaderamente inolvidable, de belleza arrolladora, uno de los más excelsos de la historia de la música para la animación española. El tercer bloque abarca la llegada del barco a puerto, expuesta con un lirismo que —solo como referencia— recuerda lo mejor de Ángel Illarramendi, y que da paso a la explosión del tema principal en los créditos finales, coral, apoteósico y que es la celebración y el tributo a quienes lograron alcanzar una nueva vida y a quienes les ayudaron. La entrega del compositor a la esencia del relato es total.
