Danny Elfman no dirige orquesta. Nunca lo ha hecho. Quienes trabajamos en este ámbito lo sabemos, y buena parte de la afición también, pero no es un conocimiento que deba exigirse al público general. Por eso el malestar generado en sus conciertos de Barcelona y Madrid resulta comprensible: la organización no informó de que Elfman solo aparecería en los veinte minutos finales para cantar, y muchos espectadores asumieron que el compositor estaría dirigiendo la orquesta durante todo el programa. La decepción es lógica, pero conviene plantear la pregunta esencial: ¿qué pierde realmente un concierto por la ausencia del compositor en el podio? En términos estrictamente musicales, nada. Lo que se pierde es la mitomanía, la ilusión de ver a una figura célebre “trabajando para la audiencia”, entregando su música de forma visible y casi ritual.
Este fenómeno no es nuevo. Son numerosos los compositores que no son directores y que, aun así, se ven empujados a participar en un espectáculo donde su presencia frente a la orquesta se convierte en un requisito para garantizar mayor asistencia y aceptación. Por alguna extraña razón está asentada la idea equivocada de que ser compositor capacita automáticamente para dirigir, cuando en realidad son disciplinas distintas, con exigencias técnicas y hasta psicológicas muy diferentes. No son pocas las orquestas que, con profesionalidad, sostienen conciertos ignorando instrucciones erráticas y coordinándose para evitar desajustes. La presencia del compositor en el atril se convierte, así, en un gesto simbólico más que en una aportación musical real.
Es importante recordar que la grabación de una banda sonora —que puede ser fragmentada por secciones, con repeticiones, correcciones pero también con directores profesionales al frente— no es comparable a un concierto, donde la continuidad, la precisión y la gestión del tiempo real son fundamentales. Ennio Morricone dirigía, aunque él mismo admitía que no tenía la técnica de su hijo; John Williams dirige con solvencia; y otros compositores poseen la cualificación necesaria. Pero para muchos, como Desplat o Giacchino, ponerse al frente de una orquesta es un compromiso que asumen porque sus seguidores lo esperan, no porque sea su terreno natural. Elfman, en cambio, ha decidido no participar en ese espectáculo, y esa coherencia profesional le honra: sabe lo que puede hacer y lo que no, y no se presta a una representación que no le corresponde.
El problema, sin embargo, no reside en los compositores, sino en la expectativa creada alrededor de ellos. Los organizadores de los conciertos de Elfman erraron al no comunicar su ausencia en el podio, pero también es cierto que buena parte del público acude a estos eventos buscando la presencia del compositor más que la excelencia musical. Nadie espera ver a Hans Zimmer dirigiendo en sus exitosos conciertos, y sería razonable que esa misma comprensión se extendiera a otros compositores, evitando exigirles funciones para las que no están preparados o que simplemente no desean asumir.
La cuestión de fondo es que, sin la presencia visible del compositor, muchos espectadores sienten que el concierto pierde atractivo. Probablemente nadie habría dejado de asistir sabiendo que Elfman solo aparecería al final, pero sí es posible que la asistencia fuera menor si no estuviera presente en absoluto. La figura del compositor se ha convertido en un reclamo casi obligatorio, un elemento de marketing que antepone la celebridad al oficio y que, en algunos casos, reduce al compositor a mero espectáculo. Esta tendencia no solo distorsiona la percepción del público, sino que también coloca a los compositores en situaciones incómodas, obligándolos a desempeñar roles que no les corresponden.
Y, pese a todo, la realidad es simple y debería ser asumida sin dramatismos: Danny Elfman no dirige orquesta. Nunca lo ha hecho. Y no hay nada reprochable en ello. Ni en él ni en tantos otros compositores.