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Editoriales

07/11/2025
Conrado Xalabarder

LOS DOS FRANKENSTEIN

Hoy llega a Netflix el Frankenstein (25) de Del Toro y Desplat y he querido revisarla pues la opinión que me formé cuando la ví en pase de prensa fue tibia, que no negativa, lo que reflejé tanto en su ficha como en el editorial de hace un par de semanas, El violín de Frankenstein. Debo decir que mi opinión ha mejorado algo respecto al filme en su conjunto pero sigo sin estar satisfecho con lo hecho musicalmente: véase el bellísimo tema musical de amor que surge en el primer encuentro entre el doctor y su creación, véase cómo el tema cierra el filme con el monstruo y el/su horizonte y entonces pregúntese por qué ese tema está desaparecido en lo que media entre ambas secuencias. Es una de las varias debilidades arquitectónicas que convierten a la música en un elemento más accesorio que constructivo. Y sí, claro que hay momentos espléndidos. Por aquí y por allá... como piezas de encaje y de remiendo.

Es mi opinión, naturalmente, y así es cómo he vivido y sentido la experiencia emocional (pero también analítica) con la película de Guillermo Del Toro. He hecho unas pequeñas modificaciones en la reseña pero no cambiaría una coma del editorial de hace dos semanas.

Hoy se estrena en los cines Bugonia (25) del cineasta radical Yorgos Lanthimos, creador aquí, tras Poor Things (23), de un nuevo monstruo de Frankenstein, esta vez lo es la película en su conjunto. La comparación con el filme de Del Toro es procedente pues en las dos películas se cuestiona qué significa jugar a ser Dios y hasta dónde puede llegar la ciencia sin ética, en las dos se explora el miedo a lo diferente y cómo la percepción de monstruo depende del punto de vista humano, ambas invitan a reflexionar sobre la responsabilidad del ser humano hacia el mundo que transforma y finalmente en Frankentein y en Bugonia los personajes buscan la empatía y la conexión en medio del miedo y la desconfianza. Musicalmente, sin embargo, no hay comparación: el Frankenstein de Lanthimos, protagonizado formidablemente por Jesse Plemons y Emma Stone, es musicalmente radical, es extremo y es alucinante. Jerskin Fendrix lleva todos esos elementos en común a unos límites a los que Desplat ni se acerca remotamente. Lo que ha hecho Desplat es académico, es conservador, y como he indicado no me parece que sea un gran cuadro, por tan prediseñado; lo de Fendrix, que solo lleva hechas tres películas y todas con el director griego, me parece en cambio un lanzarse al vacío en la película y llenarla de vida, energía, vehemencia y mucha locura. Este otro Frakenstein -y yo adoro la cerebralidad de Desplat- me parece mucho más interesante.

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