Es una pena que una película tan importante como Ainda estou aqui (en España Aún estoy aquí) tenga una música tan poco relevante, y más existiendo referentes de compositores que se implicaron con sus músicas en la denuncia de los hechos narrados en películas sobre atropellos a los derechos humanos: bandas sonoras de compromiso político, pues la defensa de esos derechos es un compromiso político, sea de izquierdas, sea de derechas o de ambos. Dos compositores se significaron especialmente: Mikis Theodorakis y Ennio Morricone. Theodorakis estuvo comprometido con los ideales de la izquierda y, tras el golpe militar de 1967 en Grecia, marchó al exilio. Su música -también la de películas- fue prohibida (comercializarla y también escucharla), y el compositor acabó en prisión y luego en un campo de concentración. No se le permitió participar en la película de Costa-Gavras Z (69), pero Theodorakis autorizó al director a utilizar la música que había escrito en libertad y la banda sonora se convirtió en un símbolo de compromiso, una declaración de principios, un emblema y una bandera. Nunca antes una música cinematográfica había alcanzado tal significación universal. Con menor repercusión pero idéntico compromiso Theodorakis hizo las músicas de Etat de siège (Costa-Gavras, 73) y de Actas de Marusia (Miguel Littín, 76), bandas sonoras con las que se denunció la dictadura uruguaya y la represión chilena, respectivamente. En todos los casos eran músicas absolutamente integradas de modo orgánico y natural con aquello que explicaban las películas.
En la muerte de Morricone, llegué a leer en algunos medios de información muy desinformados que el compositor había militado en el partido comunista italiano, lo que es absolutamente falso pero sigue circulando en las redes: basta con buscar en Google Ennio Morricone comunista. Morricone mismo me dijo, en una entrevista que tuve con él para Fotogramas, que nunca había militado en el PCI, que no había sido nunca comunista, sí de izquierdas, pero que naturalmente había colaborado con directores militantes y simpatizantes del partido pues empatizaba de modo absoluto con lo que explicaban y denunciaban en sus películas, una colaboración muy afortunada tanto para el arte cinematográfico como para quienes defendemos los más elementales principios de humanidad: La battaglia di Algeri (66), Queimada (69), Sacco e Vanzetti (70), La clase obrera va al Paraíso (71), Novecento (76) son algunos de sus compromisos musicales, son también declaraciones políticas que cualquier demócrata haría propias, pues son bandas sonoras sobre la dignidad y la decencia humanista. Como Theodorakis, Morricone también llevó su música a un nivel completamente extracinematográfico.
La película de Walter Salles es un cine necesario, útil (el cine, también, ha de ser útil) para recordar en estos tiempos complicados el mucho daño que hace el fascismo, que actuó así y que así actuará así en cuanto se deje vía libre a la extrema derecha, como también sucedería con la extrema izquierda. Fernanda Torres, la protagonista, está extraordinaria -debería llevarse el Oscar al que está propuesta-, y es un filme mucho más que notable. Pero falla, nuevamente en estos tiempos cinematográficos, la anodina música de Warren Ellis, que está puesta para dramatizar y tensionar lo que es innecesario dramatizar y tensionar, y que bien podría servir para cualquier otra película. No hay en ella atisbo alguno de denuncia, de aviso, de trascendencia, de mensaje, de compromiso... Los directores que trabajaron con Theodorakis y con Morricone hablaron a través de sus músicas, se comunicaron con las imágenes, las palabras y las notas musicales. Es una pena que Salles no haya querido dar un paso adelante y se haya sumado a esos precedentes que siguen siendo poderosos referentes.