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SHYAMALAN SIN J.N. HOWARD

18/01/2019 | Por: Conrado Xalabarder

Hoy se estrena la nueva película de M. Night Shyamalan, Glass, en la colabora por segunda vez con West Dylan Thordson pero donde se nota la sombra y especialmente la ausencia de James Newton Howard. Según algunas fuentes, compositor y director rompieron por una disputa durante la producción de After Earth (13) y aparentemente llevan años sin verse ni hablarse. Paul Cantelon hizo la escasa e irrelevante música de su siguiente filme, The Visit (15) y tras esta Thordson fue llamado para Slipt (16), de la que Glass es continuación como lo es también de Unbreakable (00), que tenía una emblemática banda sonora de Howard. ¿Sobrevive el cine de Shyamalan a la ausencia de James Newton Howard?

Existir es evidente y afortunadamente que existe, ¿pero sobrevive? No es una pregunta baladí ni una hiperbólica defensa de la valía del compositor, ni tampoco una pregunta que cuestione el talento de Thordson. Pero en la Historia del cine hay ejemplos de cómo el cine de un director pierde cuando el binomio con el compositor se ha roto, bien sea por fallecimiento (Rota y Fellini) por separación amistosa (Morris y Brooks) por discrepancias creativas (Hisaishi y Kitano) o por virulenta pelea (Herrmann y Hitchcock) Hay un antes y un después en el cine de Fellini, Brooks, Kitano y Hitchcock, y el después, aunque pueda ser muy estimable, está muy por debajo del antes. Sucede también en el cine español con las películas de Medem sin Iglesias, Pons sin Cases, De la Iglesia sin Baños o Querejeta sin Illarramendi. Incluso aunque Truffaut contó hasta el final con Delerue, durante su filmografía hubo etapas donde no trabajaron juntos, y de alguna manera (y salvo alguna excepción) los filmes fueron menos interesantes.

Si es difícil imaginar cómo puede ser el cine de Tim Burton sin Danny Elfman, tan difícil es intentar asumir el de Shyamalan sin James Newton Howard. Y eso se debe a que Elfman, Howard, Rota, Herrmann y los demás daban a las películas mucho más que músicas: les daban personalidad que el espectador veía como la propia de los directores, de tal modo que Fellini acabó siendo visto desde Rota, Brooks desde Morris o Kitano desde Hisaishi. Y Shyamalan respiraba con la música de Howard.

El divorcio entre un director y su compositor habitual no es lo mismo que el divorcio de un matrimonio, pues en la vida real los divorciados, con o sin nuevas parejas, siguen siendo a ojos de todos las mismas personas, con sus mismas facciones. En el cine, sin embargo, el matrimonio entre director y compositor a ojos del público no son dos sino solo uno (la película) y es por ello que tras el divorcio las facciones ya no son exactamente las mismas, por más que alguno casi a la desesperada haya buscado lo más parecido a lo desaparecido, como fue el caso de Fellini y los compositores a quienes demandó hacer la música de Rota.

Con un nuevo compositor, el cine de Shyamalan en buena medida comienza una etapa nueva, donde ya nada es lo mismo. Es una nueva etapa porque hay una nueva identidad y no es la de Howard y ya llevan dos películas seguidas. A mi juicio Shyamalan es uno de los directores sobre los que se tiene más condescendencia (y tolerancia y también paciencia) pero hay que dar tiempo para ver si, tras la aventura fugaz con Cantelon, logra hacer con su nueva pareja musical un cine que pueda recuperar la ilusión por su cine. Sin Howard, al que tanto se quería, parece que puede ser dífícil.

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