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Editoriales

27/06/2025
Conrado Xalabarder

UN ARGENTINO UNIVERSAL

La muerte ayer de Lalo Schifrin, a la edad de 93 años, hace resonar en nuestra memoria algunas de las melodías más maravillosas escuchadas en el cine y la televisión de la segunda mitad del Siglo XX, una época dorada para la música en el medio audiovisual gracias a la impronta y sello tan personal de creadores como él. No fue un hombre que se dedicara de modo exclusivo al cine, tuvo una larga y prolija trayectoria especialmente en el mundo del jazz, pero no solo en ese género: entre sus obras de concierto figuran Cantos Aztecas (1988), conciertos para piano, conciertos de guitarra, un concierto de violín y abundantes otras obras sinfónicas y de cámara. En 1993, lanzó su serie de grabaciones de Jazz Meets the Symphony para orquesta sinfónica y solistas de jazz, siete álbumes que le valieron cuatro de sus 19 nominaciones a los Grammy. En 1998, lanzó su propio sello discográfico, Aleph, con el que produjo varios álbumes de jazz y orquestales y también lanzó algunas de sus bandas sonoras.

Sumó seis nominaciones al Oscar infructuosas y finalmente se le concedió uno honorífico en 2018, el tercer compositor en recibirlo tras Alex North (en 1985) y Ennio Morricone (2006). Fue un hombre entregado por completo al arte de la música. Pero a pesar de su amplia carrera en el medio audiovisual no fue realmente un cineasta sino un compositor que hacía música que otros convirtieron en cine: directores como Stuart Rosemberg, Clint Eastwood, Peter Yates, Mark Rydell, Don Siegel, George Lucas o John Sturges, entre muchos otros.

Lo he explicado varias veces y es necesario insistir en ello. Hace un par de semanas, en el editorial Compositores y/o cineastas escribí:

Llamar a un compositor cineasta no es dignificarlo, solo categorizarlo, porque no todos lo son: hay quienes hacen música para el cine y los hay que además son cineastas. La diferencia está en el grado de conocimiento del lenguaje cinematográfico y en su implicación en la creación de la película, que en los cineastas va más allá de hacer entrega de la música solicitada.

Hay una larga y estupenda entrevista a Schifrin que comenté en el artículo Schifrin dérmico, donde muestra y demuestra su pasión, emoción y sabiduría por la música y su amor por el cine, pero son muy escasas las palabras dedicadas a las dinámicas dramatúrgicas y narrativas del cine. Pero realmente, insisto, que no fuera un cineasta importa poco: tampoco lo fueron Nino Rota, Georges Delerue, John Barry o tantos otros, y lo único que es relevante son los resultados, y en su caso fueron varias obras maestras: mis bandas favoritas suyas son Cool Hand Luke (67) y obviamente Bullit (68) y Dirty Harry (71), y de sus temas principales, los inmortales de Bullit y naturalmente el de Mission: Impossible (66), que está en la cumbre de los temas más universalmente famosos del Siglo XX, con merecimiento, pues a pesar de sus casi sesenta años sigue siendo moderno e hipnótico. Ese tema musical es insuperable.

Es un cliché pero es una verdad: él ha muerto pero su música seguirá bien vida durante décadas. Ayer Dave Grusin cumplió 91 años, John Williams está en los 93 y Laurence Rosenthal llegará en noviembre a los 99, son los últimos de una estirpe de compositores que, como Lalo Schifrin, lo han dado absolutamente todo por hacer del cine el Séptimo Arte que generaciones enteras han disfrutado.

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