Las trayectorias por separado de Maite Arroitajauregi y Aránzazu Calleja son muy interesantes, pero cuando se juntan es espectacular. Lo muestra y demuestra Gaua (25), de Paul Urkijo, que se estrena hoy y que va directa a los próximos Goya a la mejor música: las dos compositoras vascas ganaron ese premio por Akelarre (20) y tuvieron una doble candidatura por Irati (23), su anterior filme con Urkijo. Ahora colaboran por tercera vez y el resultado es su creación más explosiva, desbordante y la más mágica e inseparablemente enraizada en el filme. En las dos anteriores películas podía más o menos saberse qué había hecho la una y la otra, pero en esta nueva película hay una fusión total.
La banda sonora aún no está editada -es de esperar que no tarde mucho- pero en MundoBSO no esperamos y porque he visto (que no solo escuchado) la música en el filme, ya puedo compartir mi entusiasmo. Entusiasmo por esta banda sonora, que estando en mitad de Noviembre ya se posiciona en el ránking de las mejores del año, pero también por la existencia de esta colaboración entre dos compositoras con talento, inteligencia y mucho oficio. Arroitajauregi y Calleja tienen sus propios caminos en el cine, que van recorriendo con paso firme, obras singulares y firmas autorales claras, pero juntas liberan una energía creativa enorme, como una reacción química de elementos llamados a entenderse que no solo suman sino que se expanden. En sus colaboraciones se percibe una complicidad que no se improvisa sino que se trabaja, con músicas que nacen de una unión sin disputas de autoría ni jerarquías de estilo, al igual que otros binomios usuales o accidentales que se han cohesionado para crear algo que va más allá de lo individual. Delicadeza y tensión, lo íntimo y lo desbordante, y la luz... la de Calleja y Arroitajauregi en sus tres filmes juntas pero especialmente en Gaua.
Son mujeres que están marcando territorio en un terreno -el de la música de cine- que durante décadas les negó el espacio, la autoría, la visibilidad. Su éxito creativo y el reconocimiento que merecen es prueba de que están ya en primera línea no como excepción ni como un gesto de corrección histórica, sino porque son imprescindibles. Tras ver y anonadarme con la fortaleza de su música, las creo imprescindibles. Por eso, celebrarlas es celebrar también la posibilidad de que el arte se construya desde la alianza, desde la complicidad, desde la suma que no resta individualidades, sino que las eleva. Dos creadoras que, al encontrarse, liberan una fuerza que es brutal. Una dupla espectacular, sí, pero también necesaria, muy necesaria.