El jazz es uno de los géneros musicales más emblemáticos del Siglo XX. Nacido en Estados Unidos a fines del XIX, pronto se expandió por el mundo entero, pero aunque su relevancia, importancia y especialmente su categoría está ya fuera de toda duda sorprendente e inexplicablemente suele pasarse por alto la importancia que ha tenido en el cine.

A Streetcar Named Desire (1951), de Elia Kazan, es considerada la primera banda sonora dramática relevante en incorporar música jazz. Su compositor fue Alex North.
Más allá de su uso obvio (películas sobre músicos de jazz o que se ambienten en locales donde se toca esa música), fue un arma que cineastas y compositores utilizaron para romper con el pasado, para marcar un quiebro y una inflexión contestataria. Sucedió en Estados Unidos en los cincuenta, una época de profundos cambios en la que escritores como Tennessee Williams o Arthur Miller desarrollaron un tipo de personajes marginales que serían llevados a la gran pantalla con éxito y que en nada se parecían a los dramas y melodramas que Hollywood venía explotando desde tiempo atrás. Estas nuevas historias eran más cercanas al mundo real, al de las clases humildes y obreras, y sus personajes no eran precisamente héroes: la patética y desequilibrada Blanche Dubois de A Streetcar Named Desire (1951), la ardiente viuda Serafina de The Rose Tattoo (1955), la aburrida pero muy sensual Baby Doll (1956), o los drogadictos de The Man with the Golden Arm (1955) o A Hatful of Rain (1957), por citar solo unos pocos ejemplos.
En este vídeo explicamos el uso dramático determinante que tuvo la música jazz en The Man with the Golden Arm (1955), de Otto Preminger y con banda sonora de Elmer Bernstein.
Como este tipo de historias eran distintas, era obvio que sus músicas también lo debían ser. El jazz se impuso frente a las partituras clásicas, con compositores como Alex North, George Duning, Leonard Rosenman o Elmer Bernstein, quien reconoció haber tenido algunos problemas por haber creado para The Man with the Golden Arm la primera partitura 100% Jazz del cine. El autor me comentó en una entrevista que le hice:
«Cuando la película se convirtió en un éxito, algunos de los compositores más veteranos se pusieron un tanto celosos, pero eso no fue un gran problema. Pero hubo otras personas de la industria que sí se ofendieron, y mucho, porque consideraban que el jazz era una música sin categoría, todavía muy vinculada en el imaginario colectivo a los ambientes marginales de la delincuencia, la prostitución. Cecil B. De Mille, con quien acababa de trabajar en The Ten Commandments (1955), me llegó a preguntar si creía de verdad que escribir la música de los negros me iba a abrir las puertas en Hollywood. No a todo el mundo le gustó el atrevimiento».
En todo caso, la revolución del jazz se puso en marcha, y si bien al principio su presencia tenía justificación local (el New Orleans de A Streetcar Named Desire) o argumental (la historia de The Man with the Golden Arm va sobre un batería que quiere tocar jazz) acabó por sonar en películas que, de haber sido realizadas unos años antes, hubieran tenido otro tipo de bandas sonoras. Fue, de todos modos, una revolución breve, pero que sirvió para normalizar su presencia en el cine como elemento dramático, no meramente ambiental. Al final los compositores que participaron volvieron al redil: Alex North firmaría bandas sonoras como las de Spartacus (1960) o Cleopatra (1963) y Bernstein haría enormemente populares sus músicas para westerns. Pero la semilla germinó. Y se extendió.

The Loneliness of a Long Distance Runner (1962), de Tony Richardson, fue una de las puertas por las que se introdujo el jazz en el cine británico. La música la firmó John Addison.
Y ahora, lo expuesto se reitera unos años más tarde (finales de los cincuenta, principios de los sesenta) en Inglaterra. El jazz volvió a ser utilizado como elemento contestatario… la generación del Free Cinema (los jóvenes airados: Tony Richardson, Lindsay Anderson o Karel Reisz), respondió a la falsa imagen que se daba en el cine de su país de la situación social con películas de bajo presupuesto e historias con personajes de clase media y baja que contrastaban con los filmes clasicistas que obviaban la realidad de una sociedad paralizada a todos los niveles, tanto culturales como políticos. A estos directores se unieron intérpretes (Albert Finney, Tom Courtenay, Richard Harris, Richard Burton, Vanessa Redgrave…), guionistas (John Osborne, Allan Sillitoe) y un pequeño grupo de músicos (Richard Rodney Bennett, John Barry, John Dankworth y John Addison son destacados). Todos ellos dieron un giro de 180 grados al cine británico: Look Back in Anger (1958), Saturday Night and Sunday Morning (1960), A Taste of Honey (1961), The Loneliness of the Long Distance Runner (1962). Al respecto me explicó Addison:
«Quisimos oponernos a lo tradicional, queríamos romper con el pasado y lo conseguimos: muchísimos se llevaron las manos a la cabeza porque unos jóvenes habíamos osado importar una música de origen tan poco británico como el jazz. Pero tuvimos un gran éxito».
Luego, porque la historia se repite, estos compositores volverían al redil de lo tradicional: Bennett en thrillers como Murder on the Orient Express (1974), Barry en la saga James Bond y en dramas históricos como The Lion in Winter (1968), y Addison en comedias como Tom Jones (1963), por la que ganó el Oscar. Pero la semilla también germinó.

Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) es uno de los títulos fundamentales con música jazz en España. Adolfo Waitzman fue su compositor.
Lo que sucedió en Estados Unidos e Inglaterra sucedió también en Italia. Y en Francia. Y en España.... compositores italianos (Nino Rota, Carlo Rustichelli), franceses (Michel Legrand, Francis Lai, Georges Delerue) y españoles (José Solá, Adolfo Waitzman) utilizaron el jazz en bastantes películas, nuevas semillas de cambio que también germinaron. Todo esto, claro, al margen de que genios como Duke Ellington (Anatomy of a Murder), Miles Davis (Ascenseur pour l´échafaud) o Sonny Rollins (Alfie) hicieran contribuciones personales al cine (americano, francés y británico, respectivamente).
El comienzo de Alfie (1966), la película de Lewis Gilbert, es fabuloso gracias a la música de Sonny Rollins.
Todos ellos participaron en el cambio, pero los que más se implicaron no fueron jazzmen, sino compositores de tradición clásica que aprovecharon la música de Nueva Orleans para transformar el modo de explicar y ver el cine. Ellos también son protagonistas del siglo del jazz y el cine fue una plataforma de difusión a nivel mundial aún no suficientemente reconocida.
