El compositor aplica una música de propósitos sustancialmente ambientales y atmosféricos, sin pretensiones dramáticas concretas y en nada narrativas. La música está dispuesta al servicio de adornar la película, sin darle otra cosa que cierto colorido, y lo mismo podría servir para esta historia de atracciones sexuales como para las aventuras de un agente secreto. No hay interés alguno en ir más allá de la dermis y la superfice del filme, más allá de contados momentos donde se pretende, someramente, explicar algo de los personajes. Pero todo es el absoluto vacío, la nada. Muy solvente en lo musical (pues es obvio que está hecha para gustar, ¡y es Danny Elfman!) pero sin interés alguno en lo cinematográfico. Nada que ver con el ardiente erotismo de, por ejemplo, Body Heat (81) o Basic Instinct (92). Nada que ver.


