Esta banda sonora guarda cierto parecido en cuanto a intenciones con respecto a la que escribió Franz Waxman en Sunset Boulevard (50). Waxman había sido el compositor de la partitura de The Bride of Frankenstein (34), y estos dos clásicos son referenciados en este filme: el primero, por su cercana afinidad argumental (la vieja estrella de cine recluida en el anonimato); el segundo, ya directamente, al ser una de los filmes dirigidos en el pasado por el protagonista.
La música de Burwell retoma el carácter decadente y nostálgico de Sunset Boulevard (50) y lo aplica en un lánguido vals que va utilizando a lo largo del metraje para expresar la añoranza por un pasado cuyos recuerdos producen más dolor que melancolía (en la película de Billy Wilder, Waxman usó un tango); de The Bride of Frankenstein (34), el compositor aplica el carácter no resolutorio de la música, de modo que las melodías tienen una estructura no cerrada, casi infinita, que permiten asentar la impresión de que estamos ante un ser eterno, tanto por su edad como por la importancia de su existencia.
