En línea con todas sus colaboraciones con Cronenberg, Shore firma una densa y compleja creación que se imanta e imprega de lo que es el resto del filme y, consecuentemente, lo imanta e impregna a su vez. Es una música cargada de pesadumbre, dolor, duelo y obsesión, que es mucho más de muerte que de vida y más de oscuridades que de luces. Es deliberadamente inerte, apática y sobre todo muy críptica, una propuesta que -como el conjunto de la película- puede generar aburrimiento, fascinación o indiferencia.
