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LOS SETENTA (XII): UNA ESPAÑA CERRADA

27/10/2021 | Por: Conrado Xalabarder
HISTORIA

Capítulo anterior: Los setenta (XI): Británicos nacionales e internacionales

En España, las cosas no fueron demasiado bien: la mayor parte de los compositores que habían trabajado en los sesenta lo siguieron haciendo en los setenta, pero con músicas que no evolucionaron apenas y que, por comparación con lo que se estaba haciendo en el resto de Europa y en Estados Unidos, resultaron regresivas, no evolutivas, ancladas en unos modos y formas desfasados. Fue la peor época en la Historia de la música cinematográfica española y no sería hasta inicios de los noventa cuando se produciría una recuperación, ayudada por el relevo generacional de nuevos compositores.

Buena parte de la culpa la tuvo el que el cine comercial que se hacía era de poca o nula calidad y no había interés alguno en la música. Tampoco hubo interés por ella en los títulos más cuidados. Las filmografías de compositores como Antón García Abril o Gregorio García Segura se llenaron de comedias banales y películas eróticas, realizadas en la época de la transición política a la democracia. García Abril, por ejemplo, hizo alrededor de setenta películas, la mayor parte de ellas de tan poco calibre como Aunque la hormona se vista de seda... (71) Vente a Alemania, Pepe (71) El abuelo tiene un plan (73) o Rocky Carambola (79), todas con el mismo tipo de música que había saturado el cine durante la década anterior. Ni tan solo en títulos representativos como la exitosa película erótica La lozana andaluza (76) El perro (77) o la polémica El crimen de Cuenca (79) la música fue más allá de una implicación poco comprometida y elaborada cinematográficamente, aunque las músicas fueran más que notables. Lo mismo sucedió con García Segura, que trabajó en filmes como Una chica casi decente (71) El calzonazos (75) Los energéticos (79) o Y al tercer año... resucitó (79). Con similar tipo de películas, aunque no en todos los casos, los italianos habían marcado diferencias con respecto a los tiempos pasados. No sucedió aquí.

Waldo de los Ríos hizo al menos algunas partituras destacables. Una fue La corrupción de Chris Miller (73), de Juan Antonio Bardem, y la otra se convirtió en un clásico: ¿Quién puede matar a un niño? (1976), filme de terror de Narciso Ibáñez Serrador en el que una pareja de recién casados -ella embarazada- llegaba a una pequeña isla mediterránea misteriosamente desierta, donde hallaban gente muerta y a unos niños que les espíaban. De los Ríos escribió una banda sonora angustiante en la que dominó una melodía ligera de aire pop como tema principal. Fue una de las bandas sonoras más importantes de la Historia del cine español.

El relevo generacional comenzó a fraguarse con la aparición en pantalla de José Nieto (43), que a finales de los cincuenta se había integrado como batería en el popular grupo musical Los Pekenikes, trabajó en grupos de jazz y orquestas de baile y su primera película fue La Lola dicen que no vive sola (69). Poco a poco fue tomando mayor partido en la escritura musical para el cine y acabaría resultando uno de los compositores más importantes del país, caracterizado por su versatilidad y la afección por el empleo diegético de la música. En los ochenta, buena parte de las películas españolas dependerían de él.

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