Dos policías van tras la pista de un misterioso asesino en serie que escoge a sus víctimas entre la clase pudiente y reproduce con sus cadáveres las escenas de los Caprichos de Goya.
Uno de los muchos lastres de esta fallida película está en una música con la que el director es incapaz de obtener beneficio alguno. Arranca en sus primeras etapas con los usuales aires de cinéma noir, con cálidas y sugestivas músicas que generan expectativas pero que abren un camino que luego se colapsa al insertarse otras músicas que no guardan relación ni estética ni narrativa, como temas dramáticos para una de las protagonistas o ambientales y de suspense.
El problema no es la música en sí, que aunque siendo aceptable y formalmente bien hecha tampoco llega a constituir nada sólido y destacable, sino que todo acabe en mero parcheo: músicas de resoluciones inmediatas para momentos inmediatos, que ambientan y aportan puntualmente texturas dramáticas a las escenas y a los personajes, pero que no mantienen un continuum, aquí inexistente, ni explican nada que no esté ya explicado en el resto de la pelicula, lo que hace que su presencia acabe siendo hasta impostada. Hay un interesante motivo musical que podía ser la columna vertebral estructural, dramática y narrativa, como se ha hecho tantas veces, pero la torpeza de un director más interesado en resolver individualmente las escenas que en crear un discurso de principio a fin lo diluye en la insignificancia y da al traste así con todos los buenos propósitos de la compositora.