El compromiso del compositor con el relato de los hechos verídicos es bastante más firme y notable que el de la propia película en su conjunto, que falla estrepitosamente y acaba por ser trivial, estereotipada y plana. La música, por buena que sea y por bien estructurada que esté, no puede revivir a un filme muerto, y este es el caso. Sakamoto cumple con su responsabilidad y cometido, aunque las enormes deficiencias del resto de la película también afectan y condicionan su trabajo, especialmente en todas aquellas partes donde la música pretende generar un ambiente tenso, tóxico y de presión, que no funcionan y resultan bastante impostadas porque las secuencias sencillamente no responden y no hay interactuación ni sinergia dramática entre ellas y las músicas.
El tema principal es lo que salva esta banda sonora, porque pese a todo su mensaje es claro, es diáfano y se mantiene vivo incluso en este filme muerto, al que trasciende: es un tributo a las víctimas de Minamata y a quienes lucharon por que se supiera la verdad. Arranca en un estadio básico y va progresando hasta un final contundente y hermoso, y el protagonista acaba, de alguna manera, también fotografiando esa música. Es lo único que merece ser recordado.
