En una línea similar a la que aplicó en la anterior entrega, el compositor firma una creación que es sustancialmente oscura, tanto en lo ambiental como especialmente en lo psicológico, que resalta el tormento interno del protagonista y lo enfrenta a su nuevo reto. La música, así, parece ser en momentos más un freno que un impulso para el personaje, si bien acaba por liberarse y entonces es claramente parte de su fortaleza. Los temas de acción contribuyen a ello, aunque aquí son mucho más simples. No así con las músicas violentas, apocalípticas, que generan mucha confusión y caos. El tema de la niña, cálido y delicado, funciona como contrapunto, pero no acaba de encontrar su encaje en todo el conjunto de la banda sonora, ni emocional ni narrativamente.



