En esta perturbadora película la música electrónica se aplica en distintos niveles sonoros para generar incomodidad y zozobra, y martillear emocional y psicológicamente a la protagonista y, a través de ella, a la audiencia. El protagonismo absoluto lo tienen las voces, que juegan diferentes roles: las hay por ejemplo formando eco en la escena del túnel, donde ella juega produciendo diversos y dando lugar a la formación de una melodía que siniestramente se vinculará a algunos de los personajes que la acosan, lo que vincula esas presencias con su estado emocional y mental. También hay voces de tono litúrgico, las hay estridentes, guturales, distorsionadas, ominosas... todas ellas, con el apoyo de la música para crear un estupor espeluznante, agobiante y disonante. Son músicas que finalmente se desprenden de sus orígenes y se elevan a un estadio representativo, místico y simbólico, casi en la forma de coros de tragedia griega, pero muy oscuro y muy ténebre. Y cuando en el final todas esas músicas y voces colapsan y se superponen cierran el filme de modo apocalíptico, desolador.
