La banda sonora que el compositor había escrito para Rocky (76) estaba brillantemente condicionada al tono semidocumental del filme y, por tanto, mantenía cierta austeridad hasta llegar a su final, tan abierto y optimista.
Esta sutileza e inteligencia creativa ya no tuvo sentido en la segunda parte del filme, puramente comercial. Es en este sentido en el que hay que entender que esta segunda parte es infinitamente menos interesante que la primera, aunque musicalmente sea mucho más divertida. El compositor se explayó con el tema principal y es más que evidente que se lo pasó muy bien haciendo aquello que no hizo en la anterior. Musicalmente es un festín.
