Partitura épica, de sinfónicas melodías que gira en derredor de cuatro temas destacados, en los que el compositor aplica instrumentación diversa y poco convencional, como el sakauhachi (flauta japonesa), que tantas veces en su carrera ha empleado. Dinamiza la acción, le otorga un sentido clásico de aventura... el problema es que su melodía central es un descarado remiendo de la Tercera Sinfonía («Rhénane») de Schumann, por no mencionar el evidente calco del «Peter Gynt» de Edward Grieg.


