Llevo años pensando en Pino Donaggio y echándolo muchísimo de menos —muchísimo— cada vez que encadeno thriller tras thriller con músicas impersonales: partituras sin contenido, sin una conexión orgánica ni con la película ni con el espectador. Bandas sonoras que no elevan la obra; en el mejor de los casos, apenas la sostienen. Y a veces ni eso.
Dentro de nuestro cine reciente hay ejemplos especialmente sangrantes. Ahí están las más que mediocres partituras de El cuco (2023) y, más recientemente, de Parecido a un asesinato (2025), firmadas por Diego Navarro y Luis Ivars, respectivamente. Dos películas ya de por sí malogradas, pero además claramente perjudicadas por decisiones musicales erróneas. Cuesta no ver en ello un doble problema: el desconocimiento del género por parte de sus directores y, también, una preocupante falta de sintonía —y obviamente conocimiento— de sus compositores con los códigos del thriller. Con otra aproximación musical, ambas películas podrían haber alcanzado una dignidad dentro del género que aquí se diluye. Tal como argumento en sus respectivas fichas, la música no solo no ayuda: contribuye decisivamente a su mediocridad.
Son oportunidades perdidas por ignorar referentes que no se trata de copiar, sino de comprender. Hay modelos cuya eficacia ha resistido el paso del tiempo hasta parecer insuperables e inmejorables. Y el de Pino Donaggio junto a Brian De Palma es, sin duda, uno de ellos.
Vean, si no, esta secuencia del primer episodio de la serie portuguesa Lisbon Noir (2026), recién estrenada en Prime:
En esta secuencia, la música —firmada por el muy bienvenido Nuno Côte-Real— guía tanto a la cámara como al espectador: primero hacia el descubrimiento del cadáver y, de inmediato, hacia la identificación del responsable. Esto es narrativa cinematográfica construida desde la música. Es saber hacer las cosas bien. Y resulta evidente la huella De Palma/Donaggio, aunque no esté del todo afinada: De Palma, probablemente, habría apurado el movimiento hasta un primerísimo primer plano.
Pero eso es lo de menos. Lo relevante es la competencia de la secuencia y, sobre todo, lo que demuestra: la enorme capacidad de la música para aportar sentido cuando tiene personalidad, cuando se incrusta en la mente —aquí, casi a modo de martillo que insiste y alerta—, cuando desprende ese inconfundible aroma del incombustible Donaggio.
Donaggio nunca necesitó la sofisticación de un Bernard Herrmann o un Jerry Goldsmith. Le bastó con entender qué eran y de qué trataban las películas en las que trabajaba y, sobre todo, con tener muy presente al espectador al que debía dirigirse. Su lenguaje era directo, claro, accesible: temas expresivos, memorables, eficaces.
Hoy se estrena La ahorcada (2026), con música de Fernando Velázquez, tan fallida como las de Navarro e Ivars. No es que necesitara el modelo Donaggio —aunque no le habría venido mal—. El problema de fondo es otro: como apunto en la reseña, la partitura intenta insuflar vida a una película muerta de una manera artificiosa, poco orgánica. Velázquez no piensa aquí en el espectador, no facilita su implicación, no ofrece una música comprensible, que ayude y guíe.
Donaggio, en cambio, es un maestro de la inmediatez, de la sencillez, de la conexión y de la evolución dramática. Sabe de cine, es el último gran maestro del thriller. Y el género lo necesita desesperadamente. Yo, desde luego, sigo buscándolo en un tipo de cine que, por carecer de su aura, a menudo se revela dolorosamente incompetente.