En el filme original, Ennio Morricone firmó una creación que se destacó por su extrema y desesperante frialdad, con la repetición hipnótica de su motivo principal y un tono implacablemente distante y apocalíptico. Ahora, Marco Beltrami mantiene una línea dramática y estética parecida, aunque evita fisicalizar el peligro en forma de un tema o motivo reconocible en primera instancia, sino que lo aplica de modo menos evidente para dejarlo crecer a medida que el peligro real se concretiza, y entonces alcanza dimensiones hasta épicas, devastadoras. Su música es un elemento externo a los personajes y, por tanto, no es aplicada para resaltar sus emociones -salvo en la parte final- sino para dar éfasis al ambiente en el que deben sobrevivir: es un elemento siempre hostil, por momentos es extremadamente frío y desolador, y es en ese ambiente donde va tomando cuerpo y forma la música definitiva, que gana en calidez lo mismo que en agresividad. Y tras ella, aparece una música -ahora sí, para los humanos- pero demasiado exhausta y débil tras tanta hostigación.

