A pesar que Herrmann escribió una tenebrosa partitura con la que manifestar los tormentos internos de la protagonista y su sed de venganza y también una ténebre versión de la "Marcha Nupcial", el director priorizó el uso del "Concierto de Mandolinas" de Antonio Vivaldi, que es el que acompasa los crímenes. Si en Fahrenheit 451 (66), la película en la que ambos habían trabajado anteriormente, Truffaut había abogado por una partitura contundente frente a la relajación ofrecida por Herrmann, aquí le exigió una música más agradable, para desespero del compositor, quien tuvo que incluir en las secuencias más inapropiadas, como la del vuelo del pañuelo, ese "Concierto para Mandolinas". A pesar de ello, la música de Herrmann mantiene en vilo la tensión dramática de todo el filme.
