El martes publiqué unas reflexiones sobre la importancia y el peligro que corre la inteligencia en la música de cine y hoy la Academia ha anunciado cinco bandas sonoras candidatas al Goya que son, cada una de modo diferente, evidencias de que esa inteligencia en la música de cine existe. En el artículo expuse sobre la inteligencia aplicada en la música de cine que es una comunicación intelectual que necesita, sí o sí, que la audiencia utilice el cerebro para completar la escena con aquello que no se está viendo. ¿De qué serviría poner la música del anillo, o la del tiburón, o la de la madre de Harry Potter si quienes ven la película no la comprenden, consciente o inconscientemente? Hacer partícipes a quienes ven la película de la construcción de la propia película con la música le da al cine una dimensión suprema, fascinante. Pero eso no se circunscribe a compreder que porque un tema significa esto cuando suena el tema la audiencia coloca el esto en la película. La inteligencia en la música de cine es también hacer uso de la música (sea temática o no) con propósitos dramatúrgicos y narrativos que hacen que la película sea diferente a lo que sería sin ella, y no solo en el plano emocional. Las cinco bandas sonoras finalistas son ejemplos claros de ello: sus creadores y creadoras han sido determinantes para convertir sus películas en algo que no alcanzarían a ser sin ellas.
La música de Julio de la Rosa para Modelo 77, que reseñaré en breve, me inspiró un editorial, Con lo mínimo, lo máximo, al que me remito y en el que destaqué que en este filme hay algo que debe ser resaltado como un gran logro a reconocer, a defender y al que referenciar: la súbita irrupción en un filme carcelario de un órgano bien poco orgánico de iglesia (...) Un lugar donde cumplir condena transmutado en un lugar donde encontrar la salvación con la simple aparición de un instrumento. Hay poca música en el filme, pero no necesita más. Igual que lo aportado por Olivier Arson en As bestas, de cuya banda sonora no se puede hablar sin avisar de los spoilers, tal es su brutal compromiso con el resto de la película. Aún así sí puedo destacar lo que escribí en la reseña: Se transita así de música de acoso a música de ahogo, de fuera adentro y de dentro afuera. Con Arson pude conversar en el Café MundoBSO sobre su trabajo en esta película.
La estrategia dramática y narrativa de Fernando Velázquez en Los renglones torcidos de Dios es admirable: me atrevo a decir que es una de sus mejores aportaciones al cine en toda su carrera. Sorprendentemente es su primera nominación a la mejor banda sonora en un filme que no dirige J.A. Bayona e incomprensiblemente, por tanto, la vez primera que lo logra con una película dirigida por Oriol Paulo, quien a mi juicio es el que mejores resultados logra obtener del compositor vasco. De su maravilloso tema principal (realmente maravilloso) escribí que es el camino que la música hace recorrer a la audiencia para ir conociendo a la protagonista, empatizando con ella pero también generando dudas. Es algo laberíntica, deliberadamente, pero no tanto como lo que han hecho Aránzazu Calleja y Maite Arrotajauregi en Irati, película vasca hablada en euskera que se estrenará el próximo febrero pero que tuve ocasión de ver hace unos días, en pantalla grande. Salí impresionado: es un choque de océanos de emociones, caóticas pero a la vez muy bien encauzadas. Ambientada en el Siglo VIII, con cristianos, paganos y brujería la musica es aquí una apuesta de altísimo riesgo porque no se limita a lo colorido y estético sino que aporta y profundiza distintas capas que dialogan e interactúan entre sí. Es una película intensa, bellísima.
Tengo un enorme respeto profesional y creativo por De la Rosa, Arson, Velázquez, Calleja y Arrotajauregi, nunca exento (eso, jamás) de sentido crítico o muy crítico cuando creo que toca tenerlo y argumentarlo. Pero todos ellos ya tienen en sus casas un Goya. De los finalistas solo le falta por conseguirlo a Iván Palomares. Su segunda nominación, Las niñas de cristal, es pura orfebrería, es caviar y es compromiso dramático. Si me piden mi opinión, es la banda sonora española del año. Es una banda sonora dual, pues la música preexistente tiene un rol relevante, pero Palomares convive armoniosamente con ella y lleva la suya a unos niveles de profundidad que aquella no alcanza. Como comenté en la reseña: (la música preexistente) es música concreta, construida, sólida; la música original, por el contrario, se proyecta hacia dentro (de las dos protagonistas), no está en un primer plano de consciencia sino que funciona sutilmente, cala poco a poco, se construye progresivamente -como la relación de ambas- y no es en absoluto una música sólida sino extremadamente delicada y frágil, que aparenta poder romperse en cualquier momento. Con Palomares tuve también una charla en el Café MundoBSO.
Son cinco opciones merecedoras de los mayores aplausos, porque son cinco opciones que van más allá de lo meramente musical y demuestran que, en 2022, la música de cine sigue siendo y haciendo cine.